Autoestop

Llevo algún tiempo recogiendo información sobre las características más interresantes de Tiburón, la próxima versión de Delphi, especialmente de los genéricos y métodos anónimos. Pero entre las vacaciones offline y la vuelta al trabajo con prisa incorporada, me temo que, en vez de artículo técnico, voy a volver a soltar una batallita. No solemos comprar el diario, pero nos dio por ahí un domingo en Chiclana, durante las vacaciones. Me encontré con un artículo que me hizo acordarme de cuando hacíamos autoestop. Chiclana a estas alturas sigue sin tener tren, por lo que la comunicación con el resto de poblaciones de la zona de la Bahía de Cádiz siempre ha sido bastante incómoda si no tienes coche. Durante bastante tiempo, cada vez que había algo que ver en El Puerto o Jerez, no era raro que recurriésemos a hacer autoestop y dedicar el dinero del transporte a otros fines, normalmente poco edificantes.

Con diecimuchos o veintipocos años nos parecía buena idea. Ahora que están lejos, nos podemos reír de las locuras. Pero pensándolo bien, es para acojonarse retrospectivamente. ¿Que si nos pasó algo curioso alguna vez? Bueno, la pregunta podría ser más bien que cuándo no nos pasó nada reseñable. Me cuesta ubicar en qué excursión nos encontramos con un señor que quería relaciones, otro que iba sin frenos, otro que preguntaba si llevábamos porros y quién me acompañaba cada vez. Pero no me cuesta recordar una vez que Cristóbal Navarro y yo fuimos a ver a Emilio Oliva torear a El Puerto de Santa María. Nos llevaron relativamente rápido hasta Tres Caminos, lugar donde empieza la N-340. Allí había ya una pareja de hippies "haciendo dedo", así que anduvimos unos treinta o cuarenta metros para no ponernos justo al lado. Al cabo de un rato nos cogió alguien que tenía demasiada simpatía por los hippies, que se quedaron allí. De todas formas no nos llevó mucho más allá, soltándonos en el Barrio Jarana.

Al cabo de un rato apareció un taxi que paró en la venta y del que vimos bajar al taxista y los dos hippies. Cristóbal y yo llegamos a la conclusión de que la pareja se había cansado de que no los parase nadie y habían terminado pillando un taxi. Después del tiempo de tomar un café, salieron los tres, subieron al taxi y se pusieron de nuevo en marcha. Al pasar por nuestro lado bajamos el dedo, como de costumbre para no crear confusiones con los taxistas. Pero el taxi se paró y nos animaron a subir. Lo interpretamos como un gesto de solidaridad por parte de los hippies y nos subimos detrás con la chica. Nos dirigieron algunas palabras amables y arrancamos bruscamente.

El taxista preguntaba al hippie sobre a dónde podían ir. No nos enteramos de demasiado, pero parecía que se decidían por Madrid. Lo primero que nos chocó un poco fue la insistencia del taxista sobre lo poco que le gustaban los chivatos y en que les daba un tratamiento especial. ¡A nosotros tampoco nos gustan!-- le aseguramos. Cuando adelantó a otro automóvil por la derecha metiéndose en el arcén, poco antes de entrar en Puerto Real, Cristóbal y yo ya nos mirábamos de reojo sin decir palabra. "¡El coche de papá, el coche de papá!" era su lema. Pasado Puerto Real se metió por la autopista. Afortunadamente nos hizo caso cuando le pedimos que nos dejase allí alegando que íbamos a El Puerto y no nos venía bien.

Al día siguiente nos enteramos de que había robado el taxi amenazando con un cuchillo en la garganta al taxista. El taxi apareció en Morón al día siguiente. Decía que era "el enemigo público número uno", cosa que a mí me sonaba a los tebeos de Vázquez, pero ahora me parecía bastante menos divertido. Éste es el artículo de El País sobre Rafael Bueno Latorre que me ha recordado la presente historia. Parece que efectivamente le gustaban poco los chivatos. Y parece que sigue en paradero desconocido. Así que francamente no recomiendo el autoestop a nadie.

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